14 de abril de 2009

Paso a Paso


No hay mal que por bien no venga. Aquella piedra enorme me ayudaron a empujar. La saqué de la carretera. Puedo ver ya el horizonte. La dejé a un lado para no olvidar dónde estuvo, por qué estuvo y cómo estuvo. Claro que quedó su rastro tatuado en el asfalto. Pero ningún rastro que el viento luego no lleve consigo.
Han aparecido algunas piedritas. Éstas no las guardé, tampoco lo haré con las que futuramente aparecerán. Se ha ido la paciencia. Las he removido desde que les clavé la vista. Son ellas las que forman baches a mi carretera en construcción.
Ahora el viento me acompaña. De hecho, es él quién me carga desde los últimos meses. A veces bailamos juntos. Ya con el sol es diferente. No niego que ante él a veces me quise sentar en el asfalto. Pero eso fue mientras yo pensaba que él quería quemarme y no broncearme. Darme belleza.
Algunas veces se nubla, otras sale el sol. En pocas llovió, pero lo hizo. Siempre es bueno humedecer el camino. Siempre y cuando crezcan frutos de las semillas tiradas, abandonadas, despreciadas o tiernamente plantadas.
El horizonte me da esperanza. Meta infinita que en mis ojos no paran a descansar. Algún día con un dedo lo tocaré y con los brazos envolveré. Cada kilómetro es un logro alcanzado, donde cada centímetro fue pacientemente recorrido.
Ahora no miro atrás, pero cada paisaje fue un momento perfecto, un aprendizaje. Un regalo de sabiduría. Me paro entonces a sentir las brisas, los aromas, de frente a lo que he de andar y de espaldas a lo ya andado. Así, los nuevos pedazos de tierra, aquellos a recorrer son inciertos, me llenan de ansia, pero todo me calma con tan sólo pensar que al llegar al final de mi carretera miraré atrás orgullosamente y sabré que todo valió la pena.
Carpe Diem & Carpe Noctem
Prometeo

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